Willi Kaufmann i Cabiol

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Pérdidas y Ganancias de la Tercera Edad

Enviado por Willi Kaufmann Cabiol el 18/08/2009 a las 08:32 PM

“Camino a Casa”

Desde que abandonamos el útero materno iniciamos un viaje imaginario que desde una mirada más profunda podríamos concebir como el Camino a Casa. A través de nuestra vida evolucionamos en autonomía y nuestra existencia avanza en un trazado que va marcando diferentes etapas con variadas características. De niños pasamos a adolescentes y luego ya somos adultos jóvenes, cada vez asumiendo mayores responsabilidades y cumpliendo distintos roles. Desde ser hijos a ser esposos, padres y por último abuelos, tanto así que en el lenguaje popular, tengamos o no nietos, se nos acostumbra llamar  “abuelitos” o “abuelitas”. Cierto es también que a muchos nos parece que ese término puede ser algo peyorativo, no cuando es dicho con respeto y cariño, sino más bien cuando es para discriminarnos en el sentido que ya nuestro tiempo pasó, que estamos viviendo “los descuentos”  hablando en lenguaje futbolístico, que pertenecemos al  “sector pasivo” y que de alguna manera inspiramos lástima por lo viejos y achacosos.

Desde hace ya algunos años, en el mundo entero se ha levantado una corriente social, que incluso ha llegado movilizar ciertas organizaciones de las Naciones Unidas y que está teniendo un fuerte eco en las Políticas Públicas de la gran mayoría de los países, para abrir puertas y despertar conciencias donde el envejecimiento sea considerado con respeto, dignidad y solidaridad. Al mismo tiempo quienes estamos en esta etapa de nuestras vidas hemos ido gradualmente ganando y ocupando espacios, que no representan, ni pretende de manera alguna reemplazar a los jóvenes en su vital tarea de construir un presente y un futuro mejor.

Lo que realmente creemos,  y estamos “muy activos” trabajando para ello, es demostrar que la jubilación y la desvinculación laboral que es propia y natural de un proceso de envejecimiento, no significa necesariamente que se nos jubile la mente ni se nos arrugue el alma. Cuerpos cansados y pieles manchadas, cabezas blancas o calvas, manos curtidas y espaldas dobladas, pueden y tienen para dar muchos recursos provenientes de su experiencia de vida, de su intelecto, de su afectividad. Queremos y podemos participar en nuestro autocuidado, como también ser el apoyo de nuestros pares que nos necesiten. No queremos ser, en la medida de lo posible, una carga para nuestras familias ni para la sociedad y no tendríamos por qué serlo en un sistema de pensiones dignas. Queremos una sociedad que no considere que nuestras jubilaciones son una dadiva, sino que la justa recompensa por los años entregados y al mismo tiempo  queremos una sociedad que nos de oportunidades de trabajo, acordes con nuestras capacidades.

La Tercera Edad o el Adulto Mayor, como se nos denomina en la actualidad, tampoco deseamos ser una larga lista de quejas. Como en todas las etapas de la vida, la nuestra representa pérdidas y ganancias. Nuestra visión y audición se va deteriorando, nuestras fuerzas físicas disminuyen, pensamos más lentamente, pero posiblemente pensamos mejor. La claridad de nuestra vista es tantas veces compensada por la claridad de nuestra mirada del mundo. Es posible que no oigamos lo que no necesitamos oír y escuchemos mejor lo que vale la pena escuchar. Perdemos familiares y amigos que nos preceden en la partida. Perdemos posiciones de mando, liderazgo o roles laborales que de alguna manera nos daban estatus, perdemos rentas que nos validaban social y familiarmente.

Es entonces la hora de reinventarnos. Para algunos es el gran momento que esperan por años  para desarrollarse en otras actividades, cumplir algunos sueños y por sobre todo reencontrarle sentido a la vida. En las etapas anteriores podíamos estar atrapados en el vértigo del trabajo para alcanzar ingresos que nos permitieran darles pan, techo, abrigo y oportunidades de estudio a nuestra familia. Poco o nada de tiempo nos quedaba para una mirada interior, para tomar contacto con el lugar que ocupamos en la humanidad y para los que tenemos fe, para la reflexión y el diálogo filial con el Padre, a cuya casa, que es nuestra casa, estamos en camino.

Es como estar en una sala de espera, no sólo la tercera y la cuarta edad, como hoy día se les dice a los más viejos de los viejos. Es probable que toda nuestra vida es y haya sido siempre una sala de espera. Pero no una sala de espera para bostezar y quedarnos dormidos, sino que una sala de espera para estar alertas. Pero no sólo alertas para el llamado final, sino que alertas para todos los llamados de todos los días. Los llamados de lo cotidiano, el llamado de nuestros hijos, nietos, amigos y vecinos, conocidos o desconocidos que pueden necesitar desde una palabra de apoyo, una mirada desde el amor, la comprensión, la acogida, la ayuda fraterna, hasta la bolsita de té que pide la comadre.

Independiente de todas las labores remuneradas que pueden desempeñar las personas de la tercera edad con gran compromiso y eficiencia, los hay por miles en voluntariados de toda índole. Clubes de barrio para alejar a los jóvenes del alcoholismo y la droga, juntas de vecinos y clubes de adultos mayores que hoy día se multiplican en las comunas, proyectos para alfabetizar de adultos, para darles capacitación y/o para acortar la brecha digital y hacerlos entrar en mundo de la computación y los correos electrónicos con los cuales se comunican a diario y a miles de kilómetros con familiares y amigos.

Los Adultos Mayores de hoy queremos y podemos insertarnos con nuestro paso a veces más lento y también más seguro, a un mundo globalizado que nos desafía para hacer nuestro aporte a lo que es positivo para al mismo tiempo combatir con la fuerza de los años a lo negativo.

 

 

Willi Kaufmann Cabiol

Consejero Familiar

Centro Nacional de la Familia – CENFA

Agosto 2009

 

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manchadas

Enviado por damb el 29/04/2010 a las 12:32 AM
damb

 Cuerpos cansados y pieles manchadas


Muy cierto, hay que aprender ...

Enviado por el 01/10/2011 a las 10:28 PM
MYCATOQ

Muy cierto, hay que aprender a respetarnos más como sociedad y comprender que cada etapa en la vida es importante. Desde su inicio hasta el final (aunque para los que creemos el final no existe).

Mi madre pronto jubilara y aún existen las mismas problematicas que tenia mi abuelo, le he leido a ella su texto y se siente plenamente identificada.

Gracias por sus palabras, Carolina.-


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