
Estoy que casi no me aguanto de la curiosidad de saber como para terminar esta historia. Dada mi cercanía con el autor pensé que tal vez tuviera alguna ventaja para conocer el final, pero el aprendiz de escritor me dice que ni el lo sabe, cosa que no se la creo mucho. Así será me digo yo y no le distraigo más, para que siga el relato.
Lo que en un momento pensé que sería relativamente fácil, ahora lo estaba viendo bastante más complejo. Estaba en El Olvido, calle declarada oficialmente Sin Entrada donde ya sólo vivíamos dos seres humanos: Mivecino y Yo, los únicos que cuerdamente nunca salimos para evitar el bochorno y más que eso, la pérdida de la posibilidad de volver a entrar, quizás para siempre. Ese “para siempre” fue el que me alertó a hacer algo y así fue como se me ocurrió que si todo el mundo dejaba “que el tiempo pase”, yo debía intentar lo inverso: “dejar que el tiempo no pase”. No pasando el tiempo el quedarme allí enclaustrado dejaba de tener esa amenaza desesperanzadora de la condena perpetua, era detener las agujas del reloj de la vida, era hacer una pausa en el video de la existencia, entrar a un tiempo sin tiempo durante el cual nada malo podría suceder, porque nada podría suceder. Eso también incluía a lo bueno, pero ese era un costo necesario para el equilibrio perfecto en todas las circunstancia del ser: emocional, kinésico, mental y espiritual. Mejor aún que el quedarse dormido, ya que durante el sueño todas nuestras funciones siguen en actividad y ni siquiera detener podemos, por algunas horas, el hacernos más viejos.
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